Por entre unas matas,
seguido de perros,
—no diré corría—,
volaba un conejo.
De su madriguera
salió un compañero
y le dijo: «Tente,
amigo, ¿qué es esto?»
«¿Qué ha de ser? —responde—;
sin aliento llego...
Dos pícaros galgos
me vienen siguiendo».
«Sí —replica el otro—,
por allí los veo...;
pero no son galgos».
«¿Pues qué son?» «Podencos».
«¿Qué? ¿Podencos dices?
Sí, como mi abuelo.
Galgos y muy galgos;
bien visto lo tengo».
«Son podencos, vaya,
que no entiendes de eso».
«Son galgos, te digo».
«Digo que podencos».
En esta disputa
llegando los perros,
pillan descuidados
a mis dos conejos.
Los que por cuestiones
de poco momento
dejan lo que importa,
llévense este ejemplo.
Vivir no es sólo existir, sino existir y crear, saber gozar y sufrir y no dormir sin soñar. Descansar, es empezar a morir. Gregorio Marañón (1887-1960) Médico y escritor español.
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lunes, 16 de septiembre de 2013
viernes, 6 de septiembre de 2013
El secreto de la felicidad
Cierto mercader
envió a su hijo con el más sabio de todos los hombres para que aprendiera el
Secreto de la Felicidad. El joven anduvo durante cuarenta días por el desierto,
hasta que llegó a un hermoso castillo, en lo alto de la montaña. Allí vivía el
sabio que buscaba.
Sin embargo, en
vez de encontrar a un hombre santo, nuestro héroe entró en una sala y vio una
actividad inmensa; mercaderes que entraban y salían, personas conversando en los
rincones, una pequeña orquesta que tocaba melodías suaves y una mesa repleta de
los más deliciosos manjares de aquella región del mundo.
El sabio
conversaba con todos, y el joven tuvo que esperar dos horas para que lo
atendiera. El sabio escuchó atentamente el motivo de su visita, pero le dijo
que en aquel momento no tenía tiempo de explicarle el Secreto de la Felicidad.
Le sugirió que diese un paseo por su palacio y volviese dos horas más tarde.
—Pero
quiero pedirte un favor
—añadió el sabio
entregándole una cucharita de té en la que dejó caer dos gotas de aceite—.
Mientras caminas, lleva esta cucharita y cuida que el aceite no se derrame.
El joven comenzó a
subir y bajar las escalinatas del palacio manteniendo siempre los ojos fijos en
la cuchara. Pasadas las dos horas, retornó a la presencia del sabio.
—¿Qué
tal?
—preguntó el sabio—
¿Viste los tapices de Persia que hay en mi comedor? ¿Viste el jardín que el
Maestro de los Jardineros tardó diez años en crear? ¿Reparaste en los bellos
pergaminos de mi biblioteca?
El joven
avergonzado, confesó que no había visto nada. Su única preocupación había sido
no derramar las gotas de aceite que el Sabio le había confiado.
—Pues
entonces vuelve y conoce las maravillas de mi mundo,
dijo el Sabio.
No
puedes confiar en un hombre si no conoces su casa.
Ya más
tranquilo, el joven tomó nuevamente la cuchara y volvió a pasear por el palacio,
esta vez mirando con atención todas las obras de arte que adornaban el techo y
las paredes.
Vio los jardines,
las montañas a su alrededor, la delicadeza de las flores, el esmero con que cada
obra de arte estaba colocada en su lugar. De regreso a la presencia del Sabio,
le relató detalladamente todo lo que había visto.
—¿Pero
dónde están las dos gotas de aceite que te confié?,
preguntó el Sabio. El joven
miró la cuchara y se dio cuenta de que las había derramado.
—Pues
éste es el único consejo que puedo darte —le
dijo el más Sabio de todos los Sabios—.
El Secreto de la Felicidad está en mirar todas las maravillas del mundo, pero
sin olvidarse nunca de las dos gotas de aceite en la cuchara.
Paulo Coelho
El Secreto de la Felicidad está en saber disfrutar de los grandes placeres de la vida sin olvidar las pequeñas cosas que tenemos a nuestro alcance.
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